La credibilidad del milagro

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David Hume, en su obra Investigación sobre el entendimiento humano, plantea el problema de los milagros de modo distinto a Spinoza. Para Hume, como buen empirista, no es la razón misma sino la experiencia la que nos guía en nuestros razonamientos. La experiencia es la que nos da la evidencia de cómo son las cosas. Todos sabemos, por ejemplo, que si ponemos la mano en el fuego nos quemaremos, o que si intentamos andar sobre el mar nos hundiremos como el apóstol Pedro. Y esto lo sabemos por experiencia propia. De entrada, Hume no niega la posibilidad de los milagros. Si es posible que Dios exista, también, a priori, los milagros podrían darse. Sin embargo, en lo que insiste, es que de todo esto no tenemos ninguna experiencia. 

Según él, no podemos demostrar, ni empíricamente ni racionalmente, la existencia de Dios, ni la realidad de los milagros. Aunque supongamos su existencia, no podemos saber nada de cómo es ese Dios ni si se digna en hacer milagros. La experiencia no nos permite tener evidencias de que haya milagros. Por tanto los milagros no son creíbles. No podemos creer en algo que va contra nuestra propia experiencia de las cosas. El argumento de Hume se plantea de la siguiente manera:

a. Los milagros violan las leyes naturales (o de la ciencia)

b. Tenemos la experiencia de que las leyes naturales no puedan ser violadas.

c. Por lo tanto, los milagros no son posibles.

¿Qué son las leyes naturales o las leyes básicas de la ciencia? Aquellas regularidades que rigen en el mundo natural, en la naturaleza y en el Universo. Por ejemplo, la ley de la conservación de la masa-energía en el mundo actual que afirma: “La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Aunque hoy se cree, según la teoría del Big Bang, que al principio se creó toda la masa-energía del cosmos, así como el espacio-tiempo. De manera que las concepciones científicas pueden cambiar, a medida que se adquieren más conocimientos.

Otra ley importante es la de la gravitación universal de Newton, que se enuncia así: La fuerza (F) ejercida entre dos cuerpos de masas m1 y m2 separados por una distancia r es proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia, es decir:    

Donde G es la constante:

Y así, sucesivamente todas las leyes físicas, químicas y biológicas del mundo: las leyes electromagnéticas, las leyes de la óptica, las de la termodinámica, incluso las leyes estadísticas o del caos, etc. Pero, volvamos ahora al argumento de David Hume. Con su segunda premisa: “Tenemos la experiencia de que las leyes naturales no puedan ser violadas”, Hume deduce que: como las cosas han sucedido siempre así, siempre han de seguir sucediendo de la misma manera. No habría posibilidad de alteración, ni posibilidad de milagro. Pero, esto es un razonamiento circular ya que supone precisamente lo que hay que demostrar. Es decir, que nunca ha ocurrido un milagro.

Veámoslo mediante un ejemplo: Nuestra experiencia nos dice que ningún hombre ha vuelto a la vida, por tanto, Jesús no pudo resucitar. Al decir que “nunca ningún hombre ha vuelto a la vida” se está ya suponiendo que nunca ha sucedido un milagro. Es decir, se supone, ya de entrada, aquello que se debería demostrar. Hume cae en la falacia de creer que el pasado puede determinar, de manera absoluta, lo que debemos creer en el futuro. De manera que lo que está diciendo es: “si hasta ahora no ha habido milagros, -hagamos esa concesión- incluso aunque se produjera un milagro en el futuro, no podríamos aceptarlo como tal”. Pero, ¿deberíamos negarnos a reconocer un milagro sólo porque hasta ahora no ha sucedido?

En su opinión, si un milagro sucediera, dejaría inmediatamente de serlo, pues habría violado las leyes naturales, y dado que una ley si se viola ya no es ley, entonces tampoco habría milagro. Hume no analiza la evidencia del milagro por sí mismo, sino que lo descarta de entrada con el argumento de que nunca antes había ocurrido, o bien que, si ocurre, es porque no se trata de un verdadero milagro. No acepta ningún milagro por bien documentado que esté. Pero si un milagro es obra de un ser superior, que escapa a la naturaleza, entonces la frecuencia no determina su probabilidad. La propia frecuencia reducida del milagro puede ser algo que forme parte de su naturaleza.

La creación del mundo, la resurrección de Jesús, así como muchos otros milagros relatados en la Biblia, fueron acontecimientos únicos y exclusivos. Su frecuencia fue igual a uno ya que sólo ocurrieron una vez. Nunca antes habían sucedido. No tenemos experiencia previa de tales sucesos. ¿Demuestra esta exclusividad que no ocurrieron? ¡Claro que no! Los milagros, si han ocurrido, han tenido también una primera vez, sean únicos (como la resurrección de Jesús) o no lo sean (como las diversas sanidades).

El apologeta cristiano Richard Whately mostró, ya en el siglo XIX, que, siguiendo este modo de argumentar de Hume, tendríamos que negar también la existencia de Napoleón, o de otros personajes históricos, como el propio Jesús, por su carácter novedoso y excepcional. Hume no puede creer en los milagros porque no quiere creer en ellos, porque en el fondo sigue pensando que los milagros no son posibles. Se negó, de entrada, a la posibilidad de cualquier evento sobrenatural, pero no pudo demostrar que éstos no se dieran en la realidad.

El teólogo Rainer Siemens, en su trabajo Los milagros ante las objeciones críticas de David Hume, analiza las tres objeciones principales de Hume a los milagros (natural, histórica y religiosa) llegando a la conclusión de que tales críticas no logran negar la posibilidad de los milagros. En realidad, el fundamento de todo el razonamiento de Hume es la negación del sobrenaturalismo. No obstante, la explicación naturalista del origen del mundo deja mucho que desear, ya que implica la aceptación de que todo lo existente se originó de manera natural a partir de lo inexistente. Pero tampoco tenemos experiencia de que tales cosas ocurran en la realidad. Sin embargo, la creencia en un Dios omnisciente y omnipotente que creó el universo por medio del mayor de los milagros es mucho más lógica. Y, si Dios creó, los milagros son posibles.

La creencia en la existencia de Dios ciertamente favorece la creencia en los milagros, pero los milagros por sí mismos, si existen, también pueden ser una prueba independiente de la existencia de Dios. Fuente: Protestante Digital.

Foto: cortesía.

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